medio ambiente — 18 septiembre, 2016 at 14:42

Decrecimiento, menos para vivir mejor

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Si vivimos en un planeta de recursos limitados no parece tener mucho sentido hablar de crecimiento ilimitado. Ante esta realidad se imponen una serie de vías de acción lógicas, articuladas en torno al eje de que las personas pasemos del productivismo a la convivencialidad.

El concepto nace a primeros de los ’70 de la mano del economista Nicholas Georgescu-Roegen. Implica un profundo cambio de sistema económico, productivo, ético y social para salir de la “lógica” del crecimiento económico perpetuo del Capitalismo.

Existen diferentes propuestas que enfrentan la lógica defendida tanto por el liberalismo como por el comunismo de Estado; los Verdes franceses, por ejemplo, en su manifiesto fundacional afirman: “Tanto el socialismo como el capitalismo privilegian la producción y descansan sobre la esclavitud del trabajo asalariado como fuente de la riqueza y como valor de referencia ético. Ambos tienden a un economicismo reductor donde se olvida la dimensión humana, el deseo, la afectividad, no cuantificables” (Les Verts, 1984)

El decrecimiento se pone en relación habitualmente con conceptos como la simplicidad voluntaria, que podríamos definir como “vivir con menos para vivir mejor”. Se considera que el imaginario colectivo impuesto en este mundo globalizado liga estrechamente crecimiento económico con aumento del bienestar personal y de la calidad de vida, cuando muchos indicadores señalan que no suele ser así.

Las propuestas fundamentales del decrecimiento son:

  • Eliminar el consumismo y por tanto la publicidad y el crédito al consumo.
  • Reducir la jornada laboral y recuperar los oficios a nivel local.
  • Reenfocarse hacia el ocio y la política, buscando formas de realización personal más allá del trabajo.
  • Hacer local y ecológica la producción de alimentos para reducir el daño medioambiental.
  • Derivar el trabajo de los sectores industriales más lesivos hacia la economía social y medioambiental.
  • Fortalecimiento de las redes sociales humanas.

Significa pues un cambio radical de paradigma en el ámbito del desarrollo, una nueva ética y un nuevo sistema de valores -o varios- que sustenten una nueva economía y política globales más sostenibles y más justas.

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