teatro y cine — 11 abril, 2012 at 15:40

Infortunio y esperanza en “La noche de Max Estrella”

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Interpretación: Carlos Álvarez-Nóvoa.
Imágenes: Pilar Millán
Espacio sonoro: Isaac Garabatos
Dramaturgia visual y sonora: Rafael Abolafia
Espacio escénico e iluminación: María Puche
Vestuario: Carmen de Giles
Ayudante de dirección: Rafael Abolafia
Dramaturgia y dirección: Francisco Ortuño Millán.
Producción: Centro Andaluz de Teatro y Centro Dramático Gallego

 

Sobre el escenario del “Cine Mari Peña”, nombrado impropiamente Nuevo Teatro de La Felguera por característico, se ofreció una función singular y extraordinaria a la que acudimos algo más de un ciento de personas. Y no fue porque el Ayuntamiento de Langreo no procurara, con el amplio esfuerzo publicitario desplegado, el lleno que función y actor merecían. La una por ser sobre el más preclaro visionario de la escena española: el ciego Max Estrella, protagonista de “Luces de Bohemia“, una de las grandes obras teatrales en lengua española de Ramón Mª del Valle Inclán al que le debemos, también, la innovación y puesta en hora de nuestro teatro en las primeras décadas del siglo XX, caracterizado por el crítico Juan Chabás, con estas palabras:

“Por desgracia, nuestro teatro, ya no puede ni estar en crisis. No es ni está. Del teatro español queda un fantasmón vacío que gesticula con guiños y contorsiones sobre escenarios envejecidos“.

Por la obra digo, y por el actor: Carlos Álvarez-Nóvoa. No sólo por ser un langreano de pro en ejercicio constante, sobre todo por su larga relación con “Luces de Bohemia” —génesis de esta función— de la que hiciera su tesis doctoral en Filología Hispánica, además de haberla interpretado y dirigido en diversas ocasiones. Podría dar otras muchas razones por las que querer a Carlos, pero a lo mejor, no es este el lugar.

En “La noche de Max Estrella”, acompañamos al Poeta ciego en su periplo madrileño con sus nublados ojos. Una circunnavegación plena de sombras y alucinaciones sonoras. Para ello Ortuño Millán, que dirige esta extraordinaria función, nos propone un ciclorama transparente cubriendo la boca de escena, sobre el que se van proyectando sugerentes y dinámicas imágenes relacionadas con la acción del Poeta en movimiento perpetuo y conversación sostenida, durante toda la función, con aquellos personajes con los que se cruza en su última deriva nocturna.

Max se pone en marcha junto a su “perro lazarillo” Don Latino, a protestarle el menguado precio que el avaro Zaratustra, les diere por un buen lote vendido en su “librería de viejo”; con él vamos por las tabernas del Coime y la Pisa Bien, del Pica Lagartos y el Rey de Portugal; buscamos con él la Suerte y, como está escrito, encontramos los mamporros de la Guardia a caballo, entre gritos de “¡Muera Maura!” o “¡Viva España!”, según se miren los belfos o la grupa del policíaco penco. Carreras de alpargatas proletarias y trotar de percherones; gritos y sonidos metálicos de sables cortando el aire (y lo que pillen).

Es decir: la Historia de España, o como dijera nuestro ciego del diablo: “La Leyenda Negra, en estos días menguados…”.

Tras el paso de los trotones queda el dolor y la muerte, convertida en queja airada del hiperbólico poeta que asevera su fábula sentimental, mintiendo cuando dice la verdad.

Luego, animados por su natural querencia por el chato de vino y siguiendo el perfume a fritanga, llegamos juntos sin necesidad de ver, a la Buñolería Modernista . De allí salen una pléyade de poetas altruistas —entre melenas, barbas y el humo blanco de sus cachimbas— ofreciendo al viejo Maestro sus halagos, sentencias y demás brillos. Son interrumpidos —otra vez, nuevamente— en la vía pública por el trote acharolado de caballistas con capote y correaje batiendo las calles adoquinadas, en busca de anarquistas hasta de cuarta generación ascendente o descendente.

De nuevo el Cegado, entre el reproche y la vacilada, esta vez jugando en casa y espoleado por sus “ultra-boys”, le suelta cuatro frescas de revolucionario español al Centurión al mando, cuya creciente hinchazón testicular le aconseja su apresamiento. En su celda Max Estrella no está solo. Al fondo está Mateo, catalán y anarquista: uno de aquellos que, en los primeros años del siglo pasado, iban pidiendo “cinc centims per la dinamita”, para convertir -¡como hay Dios!-, a “Barselona” en la “Rosa de foc”. Se encuentran; conversan; se aúnan, llegando sin esfuerzo a un acuerdo básico: lo mejor será destruir Barselona (el Mundo), y construir otra nueva (la Monda).

Después de llevarse de “paseo” al “noi”, seguimos a Max hasta su requerida audiencia con el Ministro —compañero de estudios y de aquellos mejores tiempos— que añorante, y después de escucharle sus quejas, le promete un subsidio para que no se mueran de las hambres las dos santas del poeta: su mujer Madame Collet y su hija Claudinita… Y ya, instalado en la indignidad, extendiéndole su mano al mandamás, trinca el puñado de duros del fondo de reptiles, y se va con el obsequio. Primero al Café Colón para regalarle una buena cena al inventor de la brillantina: el excelso Rubén Darío. A los postres y tras mandarlo a la mierda, seguimos al exagerado Ciego en sus últimos pasos, entre el amor comprado y el dolor más grande, compartiendo pan y penas con La Lunares y la Madre del Niño muerto.

Max se muere mascando ortigas mientras ve nuestra realidad con vidriada claridad:

“España es la grotesca deformación de la civilización europea”… “El Esperpento son los héroes clásicos pasados por los espejos cóncavos del Callejón del Gato”.

Al pie de su casa, aliviado del peso de su cartera por Don Latino, entre las prisas del Sereno que se va con la noche y la Portera que llega con los apuros del día, Max se muere. Y nosotros con él y la función, constatando que en España un siglo es un instante.

Boni Ortiz

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